Porque yo soy del mundo, y al mundo regreso, siempre, cada vez que estoy escapando. Y sabe Dios que ese desbandarme no es, ni por confusión, querer desconocer de dónde soy, es sólo mi empeño de tomar el otro camino, como queriendo ver qué más mundo hay, aún a sabiendas que regresaré al mismo lugar y más profundo. Por eso escapo, hacia adentro. A donde pertenezco. Dios es testigo. Los hombres. Sus sombras. Las crisálidas. Los pantanos. Los volcanes. Los ángeles. Las madres en desvelo. Los enfermos que piden por salud. Los enfermos que ya no piden, que esperan. Todos ellos son testigos. Y un día me dolerán tanto los pies de tanto mundo hacia adentro. De tanto otro camino. Se harán débiles mis manos y yo no querré temblar y aunque quisiera no podré y alguien más temblará por mí con un temblor ofrendado. Y yo lloraré, aunque sea con un llanto alquilado. Lloraré porque soy del mundo, porque siempre hacia el mundo voy, aunque esté escapando.
|