Estaba atónita. Me miraba con ojos incrédulos extremadamente abiertos, el ceño algo fruncido ante la incomprensión de mis palabras y un resquicio entre los labios por el que se escapaban los cómo, qué, y perdona inquisitivos acompañados de un ligero pero brusco movimiento de su cuello que buscaba inconscientemente acercar los oídos, de pronto absurda y paradójicamente tapiados, a mis susurros explicativos. |