Cuando el sol se empecina
en adueñarse de tu piel;
y los jazmines se obstinan
en ofrendarte su aroma,
tus ojos color del tiempo,
me descubren tu entidad.
Cuando entrelazo mis dedos
en los destellos dorados de tu pelo;
cuando tus piernas envolventes,
se entrecruzan en mi espalda,
y tus suaves gemidos en mi oído,
anticipan el placer que me regalas.
Siento el roce de tus dedos,
acaricio tus pies, subo a tu cuello,
apoyo mi cabeza en tu regazo,
miro la suave curva de tu vientre,
que desemboca en tus muslos,
y en la hondura que me espera.
Es entonces que adquiero la certeza:
cada día a tu lado merece ser honrado.
© Simon Paterson |