Las horas tardías,
las lenguas perdidas.
El mundo en mi cuarto
y nadie fuera de mi cerebro
(ni dentro).
Una burbuja de turbia transparencia,
una conversación en espiral.
Cuatro llamadas que no contestaste
y mi único mensaje al final.
Cada vez que las hojas cayeron por otros motivos,
cada historia que nunca te conté
se marchita en mi
como antes nunca imaginé.
Cada palabra que se quedo a hibernar en esta boca,
cada semana sin quererla dejar pasar
se vuelve tan lejana
como ese muerto que se llevó el mar.
El mundo es ancho y ajeno.
El mundo es tan mío como lo más
pero sigo esperando el equilibrio,
sigo guardando mis sonrisas en botellitas de cristal.
Cada noche de insomnio con cien frases haciendo un ballet,
cada mañana de ya no tener a qué volver.
Se vuelve el mundo una pausa eterna,
una sombra ancha y voraz.
Se vuelve el mundo una canica,
una serpiente de metal.
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