Levantó los ojos, la mirada melancólica de alguien que nunca había amado. Lo miré. Detrás de sus gafas, llevaba la conciencia de no haber sentido la pasión sobre los años; sólo los años, los años quejumbrosos, los años, sólo los años. Y eran los mismos que habían dejado marca en su rostro casi desfigurado por las arrugas y cicatrices que le encargó la vida, y aquella soledad irremediable.
Sin haber amado nunca a nadie, sin haber sido correspondido jamás, bajó aquella mirada de ojos vidriosos. Y fue sólo el espejo quien le respondió entonces, y fue sólo el reflejo llamado soledad quien me hacía compañía, el último catorce de febrero. |