“Los trapos se esparcían a lo largo y ancho de mi cuarto describiendo un desorden sin igual, mis costumbres altamente machistas no me permitían realizar un arreglo considerable de aquel caos, como por arte de magia podía retirarme de aquel sitio y al cabo de un momento, al regreso, todo se encontraría totalmente ordenado, ¡Increíble!.
Mi vida era placentera sin quehaceres; realizando la formula mágica, saliendo inmediatamente de aquel caos atravesé el corazón de la ciudad sin pensar en nada, salí a dar una vuelta, regrese y mi cuarto estaba igual: ¡Dios! mi Madre había muerto...”
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