En la mesa del fondo de los billares "Boston", un desconocido y el chueco pereyra se jugaban a los naipes los destinos de la gente del barrio.
Durante muchos años los observé, tratando de descifrar los códigos secretos de las jugadas.
Cada cuatro o cinco minutos el mozo les acercaba una bandeja repleta de papelitos que contenían los sucesos trascendentes que formarían parte de las próximas manos.
Una servilleta con el caso “Irma decide si abandona a su novio” se resolvía con una simple apuesta a la carta mas alta. Otras, del tipo “vive o muere el gordo alvarez” ameritaban titánicas partidas de mus, truco o escoba de 15.
Se comentaba entre los billaristas, que todo barrio poseía su sitio determinista.
En algunos lugares era una cancha de pelota paleta, una ruleta específica en un casino, un bar de esquina o una agencia de quiniela.
Una noche planifiqué la destrucción de la mesa, con la esperanza de liberarme (y al barrio entero) de la opresiva sensación de saber que el futuro estaba escrito.
Me acerqué al desconocido (que extrañamente ensayaba un solitario), y hasta me pareció que sonreía.
Tardaste un poco en llegar, pibe , (me dijo)
el chueco palmó, sabes?
Sentáte che , sentáte
Sos mano.
Gg. 10-03-2006
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