Me enamoró tu gesto de eterno domingo,
resuelto a dejar intacto el desorden de tus cabellos por las mañanas
y el saber que no duermes cuando te miro, durmiendo en mi cama.
Me enamoró el arrabal de tu voz,
mezcla de madera y cerradura oxidada, contando las penas en granos de arroz,
y esa nostalgia de atardecer que tiñe de barrio tu mirada.
Me enamoró tu instinto asesino,
por el que me convierto en cómplice de las fugitivas madrugadas
y la exquisita impunidad de tus manos procurándome víctima entre las sábanas.
Me enamoró tu rencor desteñido,
ese saldo inofensivo de las sumas repetidas de dolor y desengaño,
y el sabor que destilan tus recuerdos de dulce licor añejado por los años.
Me enamoró encontrarte así,
en este circo improvisado de amantes y de señores, de analfabetos y de letrados,
donde laten corazones que se sienten aquí y se saben de ningún lado...
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