Errante, vagabundo - desgarbado algunas veces, otras fino y elegante; a infinitud de placeres había entregado su cuerpo, característica propia de un hedonista empedernido.
Admirado o envidiado, en sus oídos resonaban aquellas lisonjas de algunas muchachas atrevidas, viajero culto por lo que muy pocos países le eran desconocidos e incluso lector voraz - nada escapaba a su curiosidad. Sutil o atrevido parecía tenerlo todo lo que a sus antojos provocase. No obstante lo que el mundo ignoraba es que dicho cazquibano sólo buscaba un tesoro, a tal tarea había dedicado su vida desde muchos años atrás.
Un día cuando orate en sus delirios deambulaba por la calle con el frío característico de una ciudad indiferente, marcando cada paso en el firme pero resbaladizo hielo, mientras que sus huellas se hundían en la nieve, sus recuerdos taladraban su mente y fue cuando por fin descubrió donde encontraría el tesoro. Frenético de dicha dio tal salto, que su cuerpo pesado resquebrajo la débil película de hielo que escondía las heladas aguas que más tarde consumirían su cuerpo.
Dejo de luchar, exhalo el último suspiro con el pleno jubilo interno de quien por fin encontró el objeto de sus anhelos.
Así rezaba el epitafio de su tumba solitaria “yace aquí el hombre que en busca de su identidad, entrego su vitalidad”.
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