Venía de viaje... con sus plumas desordenadas y con las canciones tarareadas en la memoria fresca. Con el acordeón al acecho y con la poesía volátil. Con el pensamiento nebuloso y con la mirada atenta, redescubriendo.
Sus botas desgastadas, por otros suelos y otras aventuras, reposaban a cada paso, degustando las huellas y sonriendo al recuerdo. Leyendo cada pista, y porqué no, también las brisas.
Forastero de sentido suave, forastero puertas adentro, forastero de libro bajo la cama y mirada en espera.
Y los viajes siempre son largos, para traer obsequios a todos, y para ver la misma la luna en un millón de espejos distintos.
Y mientras “la noche aún es joven” la vida se vuelve cepia y el cuerpo: mapa escrito.
Sí, venía de un viaje... Y siguió caminando calle abajo, silbando despreocupadamente, con el tacto despierto y la mente trovadora, con la cortina cerrada y la puerta con llave. Con la maleta escondida y la luz apagada...
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