Abrió los ojos y no tenía conocimiento de quién era, ni de dónde estaba, ni quiénes eran las once personas en la habitación de las cuatro paredes. Paredes blancas como el globo de un ojo.
El individuo bajó la mirada. Estaba descalzo. Pudo ver entonces los pies de las otras personas y en medio de aquellos ciento veinte dedos deformes pudo ver un reloj. Un reloj que marcaba las doce. No sabía si sería de día, tal vez de noche. Simplemente el individuo se desvaneció por un instante y lo siguiente que vio fue un cuerpo. El cuerpo del primero. En las horas que le siguieron fueron cayendo los cuerpos. Y era el noveno. Y el décimo. Él era el último.
Eran las once y cuarto según el reloj en medio de los ciento diez dedos de los pies muertos. Y minuto a minuto la angustia iba dominando al individuo. No había sangre, no existía la violencia en aquel ámbito inexistente. No había violencia en aquel ámbito sin existir: sólo muerte.
El reloj en medio de los pies fugaces daba las once y cincuenta y nueve. Eran segundos los que faltaba para su hora. Faltaban sólo diez... seis... dos...
Nada sucedió. Sólo que aquellos pies que parecían muertos cobraron vida y los cuerpos que eran sus dueños, también lo hicieron. El reloj se disipó y sólo quedó una fuente de agua eterna.
-El reloj es una metáfora incomprensible- dijo la primera víctima de la muerte falsa.
-Nadie existe- dijo la tercera.
-Sólo dos personas, ninguno de los doce.
El individuo preguntó con los ojos quién.
-El imbécil que escribió esta porquería de historia- dijo la décima.
-Y el lector- dijo la décimo primera víctima que, como todos los personajes de este relato, no existía. |