( Dedicado a los amigos bipolares porque valen por dos).
Me adopté (a mí mismo) con nuevo nombre,
quebré la orfandad de mi historia
le copié al espejo unos cambios:
más color y menos sombras.
Casi me parezco a mí por primera vez.
Me gusto. Me contemplo desnudo.
El espejo no se ríe de mí, sino conmigo.
Le invito una copa de vino a ese que
se para delante de mí, sonriéndome
y me jura complicidad muda.
Le guiño un ojo, antes de escapar
del recuadro de su existencia.
Algo me hace voltear los ojos,
y descubro a mi nuevo cómplice
sacándome la lengua.
Lo miro. Me mira.
Nada cambió.
Al cómplice que menos conoces, y al que más.
|