Cuando al llegar tuve noticias de que había muerto tres años atrás, reconozco mi sobrecogimiento. “Un infarto —dijeron—. A su edad...”
Esa noche me acerqué hasta la casa. No habían cambiado la cerradura. Allí en el salón estaba, esperándome espectral. No demoré en explicarme, consciente de mi propia desazón. Me dije, era obvio, que conocía todo lo que me había pasado hasta entonces, incluidos mis viajes en la máquina del tiempo.
—¡Mírame! —grité riendo—. Soy un fantasma. El futuro, en verdad, ¡sí que existe! |