El sensual movimiento del vehículo me aleja de su fantasma.
Las inconstantes circunstancias atenúan su gravedad.
Los neumáticos devoran el pavimento de mi cordura, acercándome a lo imposible; y entonces, ahí, el sonido del trueno, cincelando flojas estructuras de un algarrobo de cartón.
La médula del tiempo se detiene y presiento un combate en los Balcanes de ésta mente que se verbaliza.
Decrece el espacio entre el asiento y mis límites.
Me sumerjo en las imágenes que por la ventanilla se suceden.
Y el dolor, inquilino eterno de mi pecho,
quiebra este cuerpo que es maleza.
No logro pluralizar ideas en su laberinto en crisis,
no logro salir victorioso por camino alguno, a pesar de marcados vientos que me impulsan.
Se me ocurre robarle un beso a la noche oscura y uno de los guijarros del camino golpea en mi memoria, regalándome el perfume de su ausencia.
06/05/2006. -
En horas de la noche, de regreso y sin ella.
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