Es casual que Dios se comunique con mi tristeza;
que comparta mi mesa y me invite de vez en cuando, a caminar junto a él,
para que mis huellas queden plasmadas en el libro de los recuerdos,
escrito en sus quimeras.
A veces llega sin anunciarse de cualquier forma,
como un viento tibio avivando el fuego,
sin hablarme, sobrio y litúrgico como el vino.
Siempre me estremece su forma de llegar,
a veces; sin tocar a mi puerta, a veces; me inquieta su actitud
y esa expresión directa de sus manos grabadas por dos pedazos de metal.
El sabe que soy un hombre falible.
Que tengo temple de hombre, no de irracional
para mis hechos absurdos manejados por mi vaga inteligencia.
Arranco el mantel.
Tiro de la mesa las migajas, los cubiertos
estrujo mis manos, contraigo el nervio más profundo,
con rudeza lo reto, lo invito a que tantee mi angustia y
mi fortaleza que son legados de su imagen y semejanza.
No manifiesta ninguna actitud.
Se sienta acomodando su codo sobre la mesa
y sin testigos, pulseamos al igual que dos rivales
en honesta y casta disputa.
|