Por fuera eres hombre que camina erguido en su burbuja de aire orgulloso. Haciendo ver a todos el doctorcito de algo que puede ser. Portando maletín y traje impecable, junto a la tan señoría figura que inventas. Te finges tan elegante como prepotente. Eres un alguien que quiere hacer ver a otros la mediocridad de la que son portadores. Con altivez y soberbia, picaresco y gallardo, intentas demostrar tu sabi-habla-duría sólo si encuentras oportunidad para denigrar a los demás. Eres el bien propio a costa del de los demás. Vivaz cuadro de la impío-felicidad.
Pero por dentro, no eres más que una pobre figurilla cubierta de harapos. Trapos viejos y corroídos, carcomidos por las polillas del desprecio, puestos sobre un lánguido y encorvado cuerpecito que todos sus huesos deja ver. Un flacucho, hambriento de todo lo que no posee. Balbuceante. De un palaberío ruidoso que largas con lengua arratonada por alimañas. Las mismas que escupe tu boca cuando hablas con voz sarnosa sobre otros. Esas alimañas que muestras por entre tu pútrida dentadura cuando ríes a carcajadas por desdichas ajenas. Una escuálida figura con pecho tan cerrado como herido. Por esto, el único ojo que aún eres capaz de abrir, lagrimea incesantemente. Un hombrezuelo que ningún camino es capaz de tomar, puesto que tus pasos rastreros no te dejan avanzar. Siquiera zapatos posees ya. Hasta eso te obligaste a entregar por los sufrimientos que causas con tu saña. Ya no queda en tí más que un malogrado personaje repugnante que nada tiene, nada da, nada recibe, nada puede hacer, nada es y nada será.
Esto no es más que lo que veo. Esto no es más que tu entierro. Esto no es más que lo que sé de ti. Esto no es más que la imagen de tu auto-retrato vista por mí. Una autocrítica de nadie, que jamás comprenderás. |