Llámame como quieras, pero cuando mis ojos te ven, mi piel comienza a sentirse tan rara como gadolinio e inundada de abrastol, los átomos en mis moléculas se mueven a un ritmo extraño, como danzando al compás de la música de tus pisadas. Tu voz es la enzima que acelera mis latidos y provoca una fosfotriosa isomerasa cambiando el lugar de mis pensamientos.
Tus miradas coquetas producen glucósidos cardiotónicos que recorren mis venas edulcorando mis plaquetas, regalándoles golosinas a mi cerebro; aquellas sonrisas que disimulas y que me sonrojan son mucílagos que ayudan a expectorar mis miserias y mis sueños. Tú alma debería estar en la tabla periódica con las iniciales de tu nombre, con un peso atómico de 52…
… Por dios que te amaría si tan sólo fueses mayor y yo no fuera tu profesor de química. |