Una vez más me sorprendió la divergencia temperamental, tan rampante, entre Samantha y mi hermana Carolina. Ambas eran blancas y altas, pero sus opiniones en torno a una realidad cualquiera, competían con la eterna rivalidad entre los cielos y la tierra. Carolina odiaba el silencio, en cambio, Samantha, removería la quietud de un templo budista. Mi hermana tenía la fluidez imprecisa de un torrente, que alimentado solo por la gravedad, maltrataba la topografía sin conseguir nunca descender al valle. Sin embargo, su amiga, era todo un océano pacífico, capaz de recibir todas las aguas turbulentas del mundo y hacerlas rendirse ante su pasmosa mansedumbre.
Cierta tarde, decidí echarme una siestesita, pero el calor imprudente de aquel agosto inolvidable, hizo que Samantha, alejándose un poco de su habitual compostura, tocase con cierta brusquedad la puerta principal de mi casa. A pesar del repentino regreso a la realidad, pude interpretar con cierto grado de precisión, la frágil justificación suya, frente a la muy agria inquisición de mi madre, al acudir al llamado:
—Es el calor, doña Nieves.—Sí, Samantha, lo entiendo.—
—Me imagino que buscas a Carolina.— Añadió mi madre, en tono recién normalizado.
Mi habitación y la de Carolina eran contíguas, sin embargo y a pesar de la constante e irresistible invitación de Morfeo, lo que me cautivó del diálogo entre Samantha y mi hermana, fue en sí, el contenido del mismo:
—Necesito que me prestes unos bikinis, Carolina.—En apenas un ratito, me recogen mis primos para llevarme a Boca Chica.—Yo ya no soporto esta ciudad.—
—No te preocupes, Samantha, que yo tengo unos cuantos.—
—Mi duda es que te sirvan, pues ya sabes, tus caderas son mucho más anchas que las mías.— Dijo Carolina en un tono muy cordial. —Anda, dejas que me los pruebe todos.— Se apresuró a sugerir Samantha, como queriendo equilibrar a mi hermana con su premura.
El silencio que prosiguió a la última frase de Samantha, fue tan absoluto, que no se precisaba de ser un vidente para, indiscutiblemente, instuir que Carolina había abandonado el cuarto. Ahora y a solicitud de mis oidos, los restantes sentidos acudieron en su ayuda, con una muy bien definida intención: aumentar mi capacidad auditiva. “Podía escuchar perfectamente la imperceptible oposición, que se genera, al querer desunir al botón y el ojal”. Cada movimiento de Samantha, dentro del aposento de mi hermana, pasaba de simplemente ser una onda sonora a convertirse en imágenes fotográficas, mediante un mágico proceso de proyección interno: “Ví su falda ascender hasta la altura de su ombligo y hasta ‘palpé’ el contorno de su incoherente cintura”.
Pero se me hacía, cada vez mas necesario, el desistir en continuar recreando una verdad, que tenía tridimensionalmente tan próxima. Cuando quise caminar, descubrí que mi cuerpo más bien flotaba, debido posiblemente, al desbalance a mi favor, entre el calor ambiental y mi temperatura interna. Estaba ya bien adherido al obstáculo que me separaba de Samantha, cuando los que pidieron auxilio, fueron esta vez, mi ojos. Las circunstancias objetivas no me permitieron observar más arriba de su vientre, pero lo que ví fue suficiente. Realmente mi hermana, se había quedado muy corta, cuando con mucha honestidad admitió ser superada por Samantha en tallas y medidas.
Lo que me quedaba de espectáculo era ya muy poco y tenía que aprovecharlo. Mi cuerpo no se opuso. Muy por el contrario se brindó extensamente al juego, pero un grito cortante y perforador de mi madre, desinfló mi vida: ¡ Carolina, sal ya de esa habitación y ven a cocinar !
|