Lo acompañaran, sus zapatos viejos, el traje que detesto en su miserable vida,
A hora lo lucirá ante todos, el vino, las noches de loca inspiración ya serán leña para el fuego. Por fin el mundo lo conoce y el conocía muy bien al mundo, los grandes dolientes lloraran lagrimas de tinta al saber que ellos se van con el.
Los comentarios no faltaran, el chisme sobre lo que hizo y no hizo retumbara en el silencio, a llegado la hora que el cruel destino lo lleve a descansar en los brazos de Morfeo, su cuerpo frió, rígido se desliza a las fauces de la fosa, el agua bendita sobre el ataúd (no era católico) las manos aferradas a la cruz escudándose de los gusanos que recorran suavemente los órganos y el alma forzara a la chirriante lapida eternamente para saber que esta entre los muertos…
Gabriel Briceño
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