Como un claro contraste, aparece de improviso desde la oscuridad, caminando lentamente. Con inevitable precaución, el hombre se acerca al grupo que come alrededor de una enorme, crepitante fogata. Parecería ser un desconocido, pero al aproximarse, recibe gestos de bienvenida denunciando que no es un extraño.
-Acércate, come con nosotros y descansa- invita una voz que figura llevar el mando. Un coro de murmullos apoya la propuesta.
El hombre se quita la túnica que lo cubre, la extiende en el suelo y sobre ella se sienta. Recibe un jarro con bebida y un plato con comida.
-Desgraciadamente, debo anunciarles que no viajo en son de paz, y sólo podré descansar cuando compruebe que se ha hecho justicia- menciona pausada, mas no ronceramente. Luego del primer bocado, continúa:- Pero tengo hambre y sed, y no dejaré de aceptar vuestra hospitalidad, que agradezco.
Un silencio espeso como la noche le responde.
Más tarde, todos duermen envueltos en sus mantas, los pies hacia el fuego, formando una curiosa rueda. Parecen rayos circulando velozmente alrededor del ígneo eje.
Por la mañana, el hombre no se incorpora junto con los otros. Se puede ver una mancha púrpura extendida por debajo de su cuello. Al comprobar que ha sido degollado, uno del grupo interroga al jefe:
-¿Por qué lo...?
-No podemos dejar detrás nuestro a alguien reclamando justicia.
-Lo hubiéramos agregado al grupo- sugiere otro, que recibe un airado empellón del jefe.
-Imposible- responde éste a todos, clavando luego una mirada penetrante sobre cada uno-. Mañana hubiera pretendido ser vuestro jefe- y monta de un salto en su caballo, dando por finalizado el episodio. El grupo lo imita, pero previamente cada uno se acerca al cadáver, para patearlo y luego escupirle encima, con el necesario desprecio.
Arriba, las aves de rapiña, cada vez más numerosas, revolotean en círculos. A medida que los jinetes se alejen, comenzarán a descender para alimentarse. |