Llegó tarde y sin maquillar a la reunión de primerísima hora. Desde que estaba el nuevo gerente las reuniones siempre eran a las ocho y cuarto. Estaba segura de que lo hacía a propósito. Isabel la miró rara toda la mañana. Debía ser por el maquillaje, pensó, aunque no era la primera vez. En cualquier caso le molestaba esa forma de mirar.
Se sintió mal a media tarde. El estómago, pensó, por no pensar en cosas peores. Había mucha gripe por ahí. Ideó una excusa y se fue a casa por el camino más corto. Luego se lamentó de no haber dicho la verdad, después de todo, tener la gripe no era delito ni pecado. Consiguió no darle muchas vueltas al asunto, pero no consiguió que al de estómago (o lo que fuera) se uniese otro tremendo dolor de cabeza.
En casa tuvo que ayudar a Fernando con sus deberes de lengua. Enseñar no era lo suyo. Se fue a la cama tarde, aún con el dolor de cabeza e intentando pensar para el niño un ejemplo de algo “aciago”. Y no se le ocurría ninguno.
Miró el calendario de la mesita de noche y se dio cuenta de que era martes y trece. Entonces lo entendió todo, suspiró hondo y se durmió tranquila sabiendo que al día siguiente todo iría mejor.
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