A este mundo amenazado por la frieldad y la incomunicación.
Me dueles en el cuerpo, justo en los lugares por donde ya no pasan tus caricias, me dueles en cada poro y en cada arruga,
en los dedos y en la lengua, en mi hombría jubilada.
Me duele el recuerdo de tu larga cabellera
que encapotaba el cielo de tu pecho cuando la liberabas
para entregárteme sin ataduras, libre y completa,
con los ojos cerrados y apretados como queriendo verte el corazón.
Me duelen los segundos que revolotean
por nuestro cuarto sin terminar de pasar de una vez por todas,
me duele el silencio de los muros, el eco de tu voz en las cañerías,
la persistencia de tu olor a altar de día de muertos.
Me duelen tus manos quietas y carcomidas,
tus labios secos besando la tierra,
tus pies inmóviles ocultos para siempre en la oscuridad infinita
de este campo santo de mi desdicha.
Me dueles de la única forma
en que podías llegar a dolerme,
es decir,
muerta......
|