Aquella tarde llovía muchísimo y el maestro se mostraba exigente con el joven Herrero. Él, calado hasta los huesos y cansado, se sitúo al borde la sima más profunda e inimaginablemente silenciosa que nunca había visto: la sima de la confianza ciega.
Nadie había conseguido saltarla. Nadie había tenido el suficiente valor de intentarlo desde hacía mucho tiempo. Sólo en la primavera de 1980 un jóven valeroso lo consiguió. Aquel jóven, a la postre sería su padre, el mismo que luchó mientras el joven Herrero crecía y que ya había muerto...
Así pues, tomó aire y cerró los ojos a los pies del abismo. No cogió carrerilla. Sabía que eso era inútil, que sólo con la magia podía superar aquello. Echó un pie hacia delante y se dejó llevar por el silencio más profundo y la brisa más suave que nunca había sentido.
Lo había conseguido. Abrió los ojos al otro lado de lo que parecía inalcanzable. Pero él sabía que aquel salto lo había superado mucho tiempo atrás en cada una de las conversaciones, en cada uno de los paseos y risas y en cada una de las siestas al lado de aquella niña de ojos oscuros y vivos.
El maestro dió por terminado el entrenamiento y lo despidió deseando que en algún momento de su larga vida pudiera ver pasar por allí a sus hijos.
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