Cada vez que te vas, mi casa se llena de fantasmas,
el fantasma de tu risa rebota en las paredes y ventanas,
el de tu piel con su olor a tierra mojada le gusta esconderse
entre los libros y revistas;
También aparece de inmediato
el fantasma de tu ausencia con su arrastrar de cadenas,
y el de tus besos buscando el camino de mi fuego,
y ese otro que juega a meterse entre las sábanas
y me hace creer que te has quedado a pasar la noche,
por supuesto nunca falta el fantasma de tus caderas
cabalgándome incansable, y el de tu lengua envenenando mi garganta; mi consentido, ya lo sabes, es el fantasma de tus ojos
que se ha quedado a vivir en el espejo.
Cada vez que te vas, sólo tus fantasmas me acompañan,
y como a viejos amigos los atiendo en casa,
les preparo el baño y el café, los cobijo cuando duermen;
en pocas palabras los trato bien,
pues ellos son todo lo que me queda de ti
cada vez que te vas.
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