ESTADO FEBRIL
La fiebre parecía devorarle. Sus ojos brillaban alucinados, hundidos en la profundidad de oscuras órbitas. El temblor de los miembros delataba el ascenso irrestricto de la temperatura corporal, junto con el enfriamiento anémico de manos y pies, y el cambio del color de la piel, un cuadriculado marmóreo que rozaba la cianosis. El enfermo sentía un dolor lacerante al tragar la escasa y pegajosa saliva. Rojas y ásperas, sus mucosas imploraban por humedad, y tenía invariables náuseas al ingerir pequeños sorbos de agua. Exhibía, por momentos, exaltación de los sentidos, con sobresaltos permanentes ante sutiles estímulos táctiles, visuales o auditivos, alternando con períodos de somnolencia y depresión casi comatosa del sensorio. El pecho era agitado por una respiración que intentaba evaporar esa temperatura volcánica que emergía desde las vías aéreas, junto con el alocado trepidar de las palpitaciones de un eretismo cardíaco análogo a la carrera desenfrenada de un caballo desbocado.
-Abrigo, mucho abrigo y paños húmedos en la cabeza, para provocar la defervescencia del cuadro- indicó el galeno, levantándose del lecho del joven enfermo con serio semblante. Mantenía la mirada en la silueta del paciente, inquieta, buscando signos que anunciaran la probable evolución de la enfermedad en las horas siguientes. Sus labios temblaban en las comisuras, sacudiendo su abundante y renegrida barba. Balbuceaba algo ininteligible, y la mujer inquirió:
-¿La difteria maligna, doctor?- Su voz aterrorizada había emitido las palabras impronunciables.
-No, señora. Es la angina roja, que si erupciona será la escarlatina, que puede llegar a morderle las articulaciones, los riñones, y en el peor de los casos, el corazón...
-¡Ay, doctor!...
-En fin, esperemos que no avance tanto.
-¿Y...qué le damos, doctor?
-Por ahora, hay que ayudar a que baje la fiebre, y ofrecerle mucho líquido, despacio, con una cucharita para que las náuseas no lo hagan vomitar-. El hombre se irguió casi imponente en su figura: miraba hacia arriba, entrecerrando los ojos. Buscaba las palabras, o intentaba hacerlas brotar sin reservas: “Hace cien años, estos cuadros se trataban con unas drogas que llamaban antibióticos, y se resolvían en pocas horas... o dentro de cien años... ya no sé...” Bajó la cabeza y pareció relajarse, volviendo a una postura inclinada, agachándose receptiva, empáticamente hacia el paciente. Regresó luego al diálogo con la mujer:
- Debe mojarle la frente continuamente, y no deje que se desabrigue...
-¿Qué decía, doctor, que se curaba en horas?...
-Nada, señora, nada importante. Sólo disparates que a veces se me ocurren, parecidos al delirio del febril, al querer ayudar más de lo que puedo, y chocar con tantas limitaciones en mi profesión...
-¿Entonces?...- La madre seguía interrogando; con angustia en el rostro, extendía las manos, inclinada hacia el joven enfermo, implorando con el gesto explicaciones, ayuda. Hasta una mentira piadosa sería bienvenida en esa dura realidad.
-Bueno... como le decía, ahora hay que esperar y ayudarlo con estas medidas, y aguardar las próximas cuarenta y ocho horas, que serán decisivas... Y hágale tomar una cucharada sopera de este jarabe cada cuatro horas-. El doctor abrió el enorme maletín para extraer un frasco con un líquido color miel; lo miró al trasluz agitándolo con una mano, y entrecerrando los ojos comenzó a murmurar nuevamente: “ Podría ser una suspensión de ...cilina; hace cien años, o dentro de cien años, eso era o será una medicación de todos los días. ¿por qué no ahora? No lo sé”. Se volvió hacia la mujer, entregándole el frasco. Luego sentóse en una silla junto a una pequeña mesa, y garabateó en un cuaderno. El sonido de la pluma rascando el papel ocupó súbitamente todo el ámbito del estrecho cuarto. Cortó con un seco golpe la hoja, dejándola sobre la mesa. Se puso de pie, ya definitivamente, y guardando la lapicera en el chaleco, sentenció otra vez:
-Hay que esperar las próximas horas, que serán decisivas. Mañana por la tarde...- Se interrumpió cuando de pronto el enfermo comenzó con movimientos incontrolados de los miembros, envarando asimismo la nuca y la columna vertebral. El cuadro había avanzado hasta tocar al cerebro y las mismas meninges, poniendo ya en serio riesgo la vida del paciente. El médico decidió actuar con mayor energía.
-Ahora no tenemos más remedio que internarlo- ordenó alarmado-. Vamos a subirlo a mi coche para llevarlo al hospital. Tal vez allí...- El galeno volvía a agitarse; le temblaba la voz, las manos, la mirada se le extraviaba y tornaba a murmurar: “Hace cien años, o dentro de cien años, no lo sé bien, había o habrá una cura para esto, pero...por ahora... ¡Caramba! ¿por qué no puedo recordar?” – Volvió en sí y continuó hablando, ahora a la mujer:
-Tal vez allí podamos auxiliarlo mejor que acá con un cuadro clínico tan grave, a ver, ayúdeme señora, que el joven es bastante pesado, así... eso es...
La noche oscura, helada, los devoró no bien traspusieron la puerta. El caballo, piafando y emitiendo nubes de vapor por las narices les indicaba el camino. El farol del carruaje apenas iluminaba la puerta. El cochero dormitaba, cubierto por una gruesa capa, que el doctor tomó por un extremo para despabilarlo, solicitándole ayuda. El enfermo fue depositado al fondo del asiento, rígido ya, y presa de una lividez cadavérica, aunque su piel aún ardía por la fiebre. Una vez arriba, el médico asomóse a la ventanilla para recomendarle finalmente a la mujer:
-Cuide mucho a los otros chicos, señora... El consuelo de los presentes siempre resulta de invalorable ayuda-. Y tirando nuevamente del extremo de la capa del cochero, inició el regreso, dando por finalizada la ronda de visitas del día.
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