Soy un verdadero profesional del odio. Odio a las madres buenas, a las novias dulces, a los ancianos, especialmente a las abuelitas (tremendas atorrantas en su juventud) a las cuales, hoy hay que ofrecerles el asiento. Odio la decadente institución familiar, el mayor cultivo de infidelidades y mezquinos intereses. Odio la poesía, ese cúmulo de palabras inútiles en busca de algún gil que las interprete, para de ese modo, creerse sensible.
Admiro solamente, a los borrachos y a los drogadictos. Porque solamente drogado o borracho, se puede tolerar la profunda decepción que hoy siento por la raza humana.
Conservo, tal vez aun, un poco de simpatía por los locos y los niños. Estos últimos hasta los cuatro o cinco años, porque a partir de allí comienzan a tener gestos de sus desagradables padres. Bueno y aquí termino porque también odio a las putas musas que me engañan permanentemente con Julio Iglesias.
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