Quiero colocarme mi rostro
y suplantar esta mascara
que me niega y enturbia ante ti.
Yo te conozco
mujer sin orillas,
lejana del hambre del tiempo;
el silencio no te pertenece.
Dime con tu presencia
lo innombrable que cruza por tus ojos.
Quiero cubrir tu noche
con mis estrellas
inocentes y solitarias
para que te acerques
hasta mirarme con tus ojos.
Partamos de regreso;
al inicio,
sin palabras,
con caricias
¡vamos!
y cantemos aquellas melodías infantiles
que nos hacían tan felices
y empapémonos sin lágrima alguna
como gotas sedientas del cielo
que caen para hacerse mar.
El alba nos reconoce,
el mar gime en su sed,
el viento empuja.
Yo te conozco amiga
aún si la distancia te borrara,
te conozco
cuando el cielo baja
dentro del mar infinito
que revolotea en tus ojos.
Yo te sueño
cuando la aurora es real,
te necesito al nombrarte
cerca del crepúsculo:
en las costas nocturnas sin relámpagos..
Tú:
luz que entra,
poema anhelado,
te canto torpemente al querer hablar
-hablarte-
de las noches albas
hechas por los dos,
juntos,
enlazados
donde le cerraste los ojos al dolor
como el muerto que es.
Jairo Rojas
Mérida, 07-08-2006
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