Desde el primero y libertino sorbo, el café se precipitó acariciando las partes más íntimas de la lengua hasta dejarla exahusta, acto seguido, toda la boca le confesó su amor al efímero amante que se perdía en los oscuros abismos del sistema digestivo, -¡y ya no hablemos de la impúdica de la garganta eh!-.
Cual seria la sorpresa para la boca y la garganta, al saber, que antes de ellas, el café habia amado y dejado exahusta a la nariz, su primer amor. |