II.
Qué puede ser más triste que una guitarra puesta en un mostrador, un par de zapatos guardados largamente o una mujer vistiéndose y desvistiéndose sin nadie que quiera verla. Qué sensación más triste que salir a caminar entonces, por cuadras y cuadras, pensando en asientos vacíos; pensar en el interior de un ascensor también vacío con sus espejos reflejándose mutuamente, y para nadie, una y otra vez; pensar en la multitud de escaleras mecánicas que dan vueltas, o en las más aburridas y oscuras escaleras de emergencia. E imaginar luego por la tarde, ya cansado de caminar, ver guitarras y zapatos; una vez de vuelta en casa y mientras se piensa en mujeres, en el avión que en ese mismo momento vuela con la mitad de sus pasajeros hacia otra parte, tan falsa y menos cierta que el avión en que se piensa. |