La dama buscaba aquella noche un condenado y encontró en mí, un miserable que aborrecía la vida, el hombre perfecto. Mientras caía, la dama me abrazó con ternura y me besó; separó sus labios y con ellos acarició de forma delicada mi cuello. Entonces, sentí una punzada de dolor seguida de una inmensa sensación de euforia. La vida escapó de mis carnes y la inmortalidad se adueñó de mi alma, los vientos rodearon mi cuerpo y, liviano como una pluma, burlé la muerte que me esperaba al fondo del abismo. |