Este frío cántico que me lastima,
que vulnera mi mente,
que se aparece pálido y cadavérico en forma de pesadilla,
me arruina el sueño y el ocio.
Todo lo que conocí se escurre como la lluvia en mi ventana,
mientras todos ellos,
afuera,
gritan enardecidos improperios contra mí
como si,
acaso,
despedazar mi vergüenza contra sus enrarecidos puritanismos
mereciera tal desafuero contra mi nombre.
Hoy, y tal vez mañana,
no saldré de mi encierro
-pulcra contradicción sí examino mi naturaleza-,
y me arrinconaré en una esquina del silencio
a escuchar de nuevo esos fríos bramidos que,
entre más días transcurridos,
parecen un canto a sus decaídas deidades. |