La justicia del instinto
Tras cada andanada del palo sobre sus costillas, el perro emitía un aullido lastimero. No intentaba huir. El granjero sostenía el arma con las dos manos y resoplaba con cada golpe con un ritmo fanático.
-- ¡Vas a matar al animal! --le espetó un vecino que pasaba.
-- ¿Este? Este no se muere, tiene malas entrañas, --respondió entrecortadamente sin detener la tortura.
-- Mira que los animales no son buenos ni malos.
-- Este sí, es como el diablo. En cuanto me alejo entra en el gallinero.
-- Tú le enseñaste a cazar y comer carne viva.
-- Tiene que cazar alimañas, no mis gallinas.
-- ¿Le vas a pedir templanza a un perro?
-- Déjate de gaitas, que esto no es cosa tuya. Una semana sin comer se va a pasar --dijo mientras le ataba con una cadena a un poste junto a la entrada de la casa.
Cualquiera hubiera dicho que estaba muerto si no fuera por el leve movimiento del rastrojo junto a su hocico.
Alertado por el vecino acudió el veterinario del pueblo al que el perro recibió con gruñidos.
-- ¿Todavía defiendes a quien te ha molido a palos? --le susurró cariñosamente mientras se acercaba a curarle.
-- No le toques. Aquí nadie te ha llamado. ¡Ve con viento freso! --le gritó el granjero escopeta en mano.
-- Ya me voy, pero al cuartelillo a denunciarte.
Dos noches después el perro ya se ponía en pie. Aunque débil, el hambre le empujaba las tripas y le confirió la fuerza suficiente para soltarse del collar. Entró en la casa hasta el dormitorio. Del primer mordisco arrancó de cuajo la garganta al granjero sin darle tiempo a despertar. Siguió con los labios y la nariz dejándole el rostro con una siniestra sonrisa. Se sentó ante el cuerpo sin vida de su amo y aulló interminablemente.
El veterinario fue el encargado de cumplir la orden de sacrificio dictada por la justicia contra el can.
-- Justicia hiciste tú, no yo, -- le dijo mientras le ponía la inyección letal.
|