Me mordió la clavícula su fruta de sangre, esa bola de perros mal entretenidos por el demonio. En el polvo, la luna no tenía buenas tetas, estaba consumida, o mis ojos dolían más de la cuenta. Estuve besándome las heridas hasta el alba. Cuando amaneció, un chocho arrepentido vino y me dio su tiro de gracia: con la mordida en el cuello, al fin vi la luz blanca, las enormes tetas de la luna cantándole nanas a mi cuerpo en desuso. |