Por momentos me asalta la certeza de que los automóviles tienen alma, también los gatos y los perros y casi cualquier electrodoméstico en general.
No me animaría a afirmar la existencia del alma en una percha, o en un parásito intestinal, o en una pastilla para inodoros.
He notado como mi viejo y fiel Renault funciona mucho mejor cuando está recién limpio, aún a pesar de no haber recibido reparación alguna.También conozco sus ataques de celos cuando siente que mi mente esboza el pensamiento de cambiarlo y la venganza de romperse, que siempre le da buenos resultados.
No me es extraño que los perros rian, o lloren, y que los gatos sepan calcular ecuaciones diferenciales.
(lamentablemente los gatos no acostumbran a dejarlas por escrito...)
Intenté sin éxito sostener esta teoría anoche, en el Bar. Todos se rieron como desquiciados.
El único auto que arrancó a la salida, fue el mío.
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