Mis dedos acarician con suavidad, como de puntillas, apenas un delicado roce, sin brusquedad, mis muñecas flexibles y las palmas sobre su piel. Trasformo entonces esa caricia que descendía por su suave bello y juego sobre el mismo punto, casi cosquilleando, hasta terminar en el azul de su camiseta.
La otra mano, la izquierda, apenas se mueve; palpa y traza círculos sobre la superficie en un lentísimo masaje, casi levitando, como si quisiera sentir el calor de una piel sin llegar a tocarla. Esa mano debe continuar así, levitando. Ella forma el dulce tejido que envuelve su cuerpo.
No sé lo que ella esperaba o deseaba: perdí la noción elemental que nos diferenciaba. Las dos nos sentíamos una sola.
Miraba con intensidad, pero no lo hacía hacia mí: se detenía en mis manos y, de tanto en tanto, en mis ojos. Cada vez que esto ocurría, los penetraba como ventanas abiertas y se interesaba por algún punto concreto detrás de mi mirada.
Entonces me levanté y la besé.
Escondí mi cara enrojecida. Me moría de vergüenza por lo que había hecho.
Se acercó a mí. Apartó mis manos de mi rostro y me dió un beso en la mejilla. Sentí su aliento en mis ojos. Dulce.
Permanecí un rato mirándola hasta que la vi sonreír.
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