El hombre huyò por las calles, entre la gente que estaba dispersa y, a la vez, estupefacta. No entendìan lo sucedido en la esquina del reloj. La muchacha, aun tierna, miraba el cielo razo de su recàmara. Aùn tibia, aùn perfumada. Su expresiòn de felicidad no daba señales de lo acontecido. Ella era fruto de un dios, hija de Venus...Pero sus minutos estaban contados. A las doce de la noche, en punto, recuperaria sus ochenta años burlados por algun hechizo de algun bruo excelente o un diablo. El joven asesino lo sabìa. Muriò feliz. La matò por amor. Prefirio ahorrar las penas de verla sufrir bajo el paso abrupto de los años. Prefiriò recordarla asì, con su piel tersa jamàs ajada, y que ella tambièn asì se recordara. Tomò el fino cuello entre sus manos y la besò hasta que se puso azul. |