Emilia no sabía lo que era la consecuencia. Quería aprender, es cierto, pero le era imposible mantener sus decisiones o sus deberes cuando existían argumentos, deseos, rencores, miedos, miradas, barcos, reproches, esperanzas y lápices a su alrededor.
Juró que no pasaría de los cincuenta años viva. A sus noventa y siete se niega rotundamente a partir. Que mal ejemplo para todos sus nietos.
|