En el Cocanut Groove Motel trabajaba Dixie, una mexicana con olor a tabaco y piernas largas. Era recepcionista de día, porque de noche estaba El Gordo, un tipo muy grande que custodiaba la admisión de madera cruda y flores de plástico.
El Gordo me conocía, y me dejaba entrar sin pagar un duro. Me guiñaba el ojo al salir y yo le reglaba una botella de Johnnie Walker etiqueta negra cada dos semanas. Dependiendo esto último de mi ritmo de visitas.
Esa noche estaban los dos, Dixie y el Gordo. Me camelé a Dixie con un paquete de tabaco y entré acompañado de una rubia bastante ajada.
Nada más penetrar en la habitación de siempre, la 206, tocaron a la puerta: un negro más alto que el Gordo, al que le goteaba sangre de la nariz.
--RUTH VEN AQUÍ --.Gritó haciendo caso omiso de mí.
La rubia ajada me empujó a un lado y le dijo con voz calmada:
--Estoy con un cliente cariño. ¿Qué quieres ahora?
Escuché un golpe seco y seguidamente otro, la rubia cayó de espaldas. No dije nada y cuando por fin me decidí a salir del escondite, el negro ya no estaba, es más, sino hubiese sido porque fui yo quien abrió la puerta hubiese creído que allí nunca había estado nadie y que Ruth estaba tendida así por un como etílico.
El Gordo la sacó a la calle, le dimos una bolsa llena de hielo para que evitara la hinchazón inevitable e hicimos caso omiso de sus historias de puta desgraciada.
Dixie subió a consolarme con sus largas piernas y la noche tuvo un buen gesto de caridad.
Esa noche, al salir del Motel, El Gordo no aceptó la botella y tampoco me guiñó el ojo.
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