Ese miércoles, como era habitual, Marcela y Omar, en el motel más próximo ardieron como lava. Se besaron palmo a palmo, se mordieron, se sorbetearon, se refregaron sin fijarse en estrías ni celulitis.
Amarse en esas condiciones era un riesgo. Ellos lo sabían. Pero en esos trances las hormonas son soberanas y raramente se repliegan.
Siendo ya de noche retornaron cada uno a sus respectivos domicilios.
A él, lo estaba esperando un cuchillo en el cuello.
A ella, un revólver en la sien.
En cuanto a Cupido, aún sigue evadiendo a los que intentan atraparlo para clavarle en el culo sus desgastadas y averiadas flechas...
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