Alicia pensó que ya era tiempo de entrar al quirófano para que le cortaran ese asqueroso pedazo de carne fofa que le colgaba y desentonaba con el resto de su aterciopelado cuerpo que alguna vez fue una escultural anatomía. Necesitaba como antes, cuando era muy difícil encontrarla sola, ya que siempre estuvo rodeada por hombres de todas las edades y aficiones que se le acercaban con cualquier pretexto. Ella no sólo decidía a quien privilegiaba, sino cuando partía y finalizaba la relación en esa interminable colección de incondicionales amantes. Desde que se dio cuenta que los jeans y el sweater ajustado ya no resaltaban su figura, decidió que el cirujano debía incursionar en su exquisita piel blanca, enfrentando de una vez por todas a ese vientre irreverente que la obligaba a desvestirse a media luz.
Ahora Alicia percibe un fuerte olor a cloroformo. Siente que la arrastran. Que la suben. Que la tiran. Que la tienden. Que le despojan las ropas. Ve a todo el mundo con batas blancas, que con ojos de locos la examinan. Ve mascarillas, espesas cejas, anteojos con una barba selvática, demasiadas cosas para una sola cara. Siente que la exploran de pies a cabeza. La clasifican... La abren. La parten. Debaten. La desglosan. Le sacan todas las tripas. Las miden. Las pesan. Algunas caen al suelo. Las cogen y las vuelven a colocar en su sitio.. Y para llegar a esto fue necesario vender y casi regalar el automóvil nuevo.
Ahora la cierran. Mientras la zurcen intenta vanamente asirse a algún jirón de un pasado distante y ajado, sintiéndose ajena en esa extraña concavidad.
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