Como siempre, la histeria llegó de noche, con sus botas negras y los labios rotos.
La seguí, estaba despierto y me coloqué en la retaguardia. Teníamos fuego y vodka. Teníamos estómago y un cerebro a punto de estallar.
Las calles estaban mojadas y olía a noche de sábado. Entramos en el garito y pedimos una ronda caliente.
Aquello estaba bien, música y roces de cuerpos.
--¿Bailas? –preguntó y observé la sangre que cubría sus dientes.
Di una patada y salí a por más…sangre. Me miró y sonrió, quería más.
Sólo un poco más.
Nos miraban.
Sus botas se clavaron en mi boca y mi puño directo a su vientre cansado.
Salimos a la calle y reímos a la par.
--¿follamos?
Después de todo nos quedaba el dolor, y lo sufríamos como el lujo de los desheredados. Ella caminaba delante, tambaleante y peligrosamente cerca de los coches que circulaban en dirección contraria.
Era divertido, verla y sentir que se esfumaba.
Luego la casa, la habitación con la música encendida y el catre a ras de las colillas y los cristales.
Más dolor y menos sufrimiento.
Le dije que quería ver su sexo mientras me comía la tostada. Despacio, con la suavidad de la resaca.
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