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BACANAL



Por CALARA

- Dionisioooo..!
- ¡Dionisioooo..! Surgió destemplado el llamado de la madrastra, desde el balcón, y por entre las hileras de pilchas, colgadas cuales húmedas banderas de dignidad flameadas por la brisa mixta de aromas culinarios del mediodía, humo de braseros, efluvios de alcantarillas y lavazas que se arrojaban con insolencia sobre el vetusto embaldosado de aquel ruinoso conventillo de los años cincuenta.

El niño, de aspecto desmirriado y diez sufridos años de edad, era rebelde y desacatador con ella. Nidia, de complexión parecida a la de Dionisio, lavandera, analfabeta, abnegada concubina de su padre, era una brutal disciplinaria. Ante una mínima falta le propinaba golpes sin mesura ni piedad; el niño solía reaccionar con una increíble protervia, muy impropia de su escasa edad. Esa era la nefasta relación que llevaban ambos mientras el jefe de hogar se alcoholizaba en las veredas de ese popular barrio. Parecía que el destino les había juntado a los tres para darles abundantes oportunidades a sus respectivas vocaciones.

- Anda a comprar lo de siempre a la lavandería - Le ordenó la mujer.

A tres cuadras de la vecindad antedicha había una bodeguita donde se expendían todo tipo de sustancias, propias de esa época, formuladas para lavar ropas: Agua de Cuba, Perlina, Radiolina, Azul, Jaboncillo, etc.

Tras deambular soñando con tener lo que las vitrinas comerciales de esa avenida ofrecían a su fantasía, Dionisio, como de costumbre, llegó al susodicho local y pidió el encargo. Pero al momento de pagar, exploró con angustia e infructuosamente sus bolsillos: el billete que le había sido entregado, de valor suficiente para cubrir unas cuatro veces la compra, no apareció. Sus piernas flacuchentas le temblaban de angustia. Su estómago, siempre hambriento, se contrajo como un puño. Sabía lo que le esperaba en su hogar si no llegaba con el mandado. En su desesperación, llorando a mares, rogó al jabonero que le regalara por esa excepcional vez la mercadería, con el fin de no llegar con las manos vacías a casa y aplacar así en alguna medida la ira y el inminente flagelo al que, de seguro, lo sometería la inexorable Nidia. Mas, prevaleció en el hombre el aspecto comercial por sobre el humanitario; por lo que el dependiente consoló al niño esperanzándolo en encontrar el dinero por el camino de regreso y así se deshizo de él.

Como perro de caza caminó Dionisio revirtiendo la misma ruta por la que recordaba haber llegado al negocio. Rastreando las baldosas de las veredas creía ver en cada papel tirado el ansiado billete que lo eximiría del suplicio de los azotes. Sin embargo, inevitablemente debió resignarse a las descargas fieras de su madrastra a quien, por más que imploró, no logró disuadir.

Era costumbre de ella que después de cada tunda echaba al niño a distancia tal que no alcanzara a escuchar sus quejas; oportunidad que el pequeño aprovechaba para buscar consuelo entre el juego sus amigos. En esas circunstancias estaba cuando la casualidad guió sus dedos a un recóndito pliegue en lo superior del bolsillo de su raído pantalón: su corazón saltó. La impresión fue grande cuando vio que en sus manos estaba el arrugado papel moneda que tanta desgracia le había traído. Con gran júbilo y queriendo causarle alivio corrió a entregárselo a su verduga. No optante, la voz del mal, que suele acechar a los humanos, paró bruscamente sus pasos diciéndole:

“¿P’a 'onde vai? Ya te pegó por haberlo perdido. Te pasaríai de tonto si lo devolvís. Anda y disfrútalo. Ahora es tuyo. Ya pagaste por eso.”

Ante tal convincente argumento Dionisio viró en “U” e invitó, en secreto, a dos de sus compañeros de juego a una virtual orgía de golosinas.

Había que aprovechar tan excelente ocasión para hartarse porque semejante banquete no era un evento diario en aquel hambiente en que el hambre campeaba.

Los niños compraban y compraban. Comían y comían; o mejor dicho, devoraban cuanta golosina se les ocurría probar. Luego se hartaron en grado sumo; pero el dinero parecía multiplicarse; no se acababa y ya no había en esos tres niños capacidad estomacal para más ingerir. Mas debieron obligarse a un consumo de helados, gaseosas, dulces y masas, desmedido e insano, para no dejar restos de dinero como evidencia del mal. Menos aún osarían comprar con él otra especie de cosas que pudieran conservar y delatar con ellas la vergonzosa acción.

Entonces virtuales tormentas estomacales comenzaron a hacerse presente en ellos, hasta que, como en los memorables tiempos de abundancia y decadencia moral del Imperio Romano, todos: el transgresor y sus cómplices, concluyeron la panzada vomitando los excesos en la vía pública.




FIN

Texto agregado el 14-01-2007, y leído por 39 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2008-10-04 03:23:57 A mí me gustó.***** permiso
 
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