Asediada por una legión de raíces marchitas,
Patéticas en el intento de perforar mi piel
Para acceder al río estático de mis venas,
Me encuentro, bajo esta tierra,
Yerma y descarnada.
Percibo un olor ácido,
Me provoca una arcada convulsa
Arrastrando, desde el estomago a la boca,
Un vomito espeso que quema mi lengua,
Borrando para siempre,
El sabor del último beso.
Después de esto, poco queda,
Solo un frío que se alimenta del tuétano de mis huesos,
La certeza de los tiempos eternos
Y la espera paciente,
De la resurección de los muertos.
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