Haces, Marta Victoria,
hermosa semblanza
del abuelo muerto.
Un recuerdo imborrable
de aquél ser amado
que endulzó tu infancia
con chocolatinas
y su mente atenta
a tus confidencias,
que por ser de niña
todo era inocencia.
Yo a Tatita no lo conocí,
solo sé de él y de su existencia
porque tu lo presentas
con tanta dulzura
y tanta añoranza,
que sin conocerlo
descubro que mi alma
siente el desconsuelo
como si hubiera sido
mi querido abuelo.
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