El rostro de la princesa cambió a rojizo al ser tocado por el Astro Rey. A la hora del crepúsculo con lastimosas suplicas la princesa le rogaba volviera pronto, trayendo para ella cierta cantidad de obsequios provenientes de la eternidad:
—Belleza de las estrellas —decía la princesa al Astro Rey— , riquezas que se desprendan de las constelaciones, toques de sorpresa de la cola de uno que otro cometa, y sobre todo, la vida que acompaña tu luz… mañana, cuando vuelvas, estaré esperando por ti. En estos momentos mueres, pero mañana al abrir mis ojos y ver que resucitas sobre mí, ya no seré la misma, habré vaciado mi corazón por medio de mi pluma, descargando por ella mis sueños y deseos cual violentos rayos fulminantes que estremecen mi humanidad y cabalgan mi cuerpo en estrepitosos espasmos; construiré mis mundos inundados de sueños e inmensas riquezas, destruiré la soledad y habitaré con mi amado en bóveda tapizada de rosas.
Transcurrió la noche y la princesa, vencida por el sueño, yacía abrazada a su prosa mientras la cálida luz del Astro Rey inundaba la estancia y la abrazaba amoroso y tierno, depositando sobre su tez todo aquello que entusiasmada una noche antes pidiera.
—has vuelto —dijo la princesa aun poseída por el sueño al sentir la humanidad de la luz inundar su cuerpo.
—He vuelto —dijo el rey— y veo que se cumple la profecía, pues no eres ya la misma princesa. Ahora eres… un ciclo más sabia.
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