La naciente noche atestigua la procesión de lúgubres sombras que devoran estrellas, consumen sueños y dejan en mi tálamo un vacío de color y formas.
A lo lejos se divisa la mágica montaña con el sol poniente sobre sus faldas; Lluvia de fuego que presagia herética pasión, desnuda de templanza.
Desde el gótico templo, con un frío que como navajas cala el alma, contemplo tu hierática figura que a lo lejos ejecuta lujuriosa danza.
Como si estuvieras a mi lado, miro embelesado el libidinoso concierto: alucinantes movimientos que, como incienso, me transportan a un lejano cielo.
El sortílego sándalo anestesia mis sentidos y tatúa en mi alma sabores de sudor y sexo que se funden en extraña mezcla de placer y llanto, y estallan en mi pecho.
Pasada la visión, agua de mar en mis ojos multiplica las lejanas luces de la dorada montaña: Y arañando el cristal de la ventana... continúo mi perpetuo diálogo con el silencio.
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