Hay en mi memoria un rostro que no me abandona. Unos ojos que me dieron luz, unas manos que tocaron mi alma.
Hoy te recuerdo inolvidable amigo, en tu perfecta sonrisa. Con el dolor a cuestas por no poder amarte como la fantasía demanda.
Un día decidiste entregarme tu confesión sincera, y a mis 30 años me hiciste revivir la añoranza de mi atormentada quinceañera.
El príncipe azul había llegado tantos lustros después, pero mi ojos estaban ya secos, y con irritación y congoja, observaban de lejos su adoración, totalmente agradecidos.
Te regalo mi devoción eterna, mi memoria, mi imperecedero recuerdo.
Te regalo mi amor si tan sólo mi corazón otra vez latiera.
Para así acurrucarse en ti, y sentir la protección tanto tiempo anhelada.
Desde lo frío de mi esquina, hoy lloro tu recuerdo.
|