El fuego danzaba su melodía macabra. Chispazos y llamas se confundieron en naranjas y rojizos. Eran acciones inconexas. No tenían vínculo. Los chispazos por un lado. Las llamas por otro. El fuego los unía en un abrazo candente. Luego, los dejaba a su antojadizo juego malabárico. El, solitario, danzaba su melodía macabra. La noche era cómplice del juego. Unas veces, con lágrimas, le advertía. Otras, se abstraía en misticismos astrales.
Fuego. Chispazos. Llamas. Se conectaron. Espontáneos. La pasión los unió. Se confundieron en un maquiavélico y egocéntrico círculo de naranjas y rojizos. La noche se ocultó abochornada. El amanecer se proyectó en un bosque calcinado.
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