Anoche desperté asustada, creo q tuve una pesadilla.
Vi que se me acercaba un hombre mucho más grande que yo y mucho más fuerte.
Su cabello era negro, suficientemente negro para confundirlo con la obscuridad que le rodeaba.
Sus ojos profundos, suficientemente profundos para perderse en ellos y sentir asfixia.
Sus manos irradiaban calor, demasiado calor mientras se acercaban a mi piel.
Y por un momento cerré los ojos y pensé que después de ese instante empezaría a sentir cualquier cosa que jamás hubiera experimentado.
Creo q yo temblaba, creo q mi pulso se aceleraba, creo q estaba aterrada de percibir aquél nuevo olor.
Entonces, lo primero que vino a mi fue... tranquilidad.
Sus manos al tocarme me dieron frescura, como si absorbieran todo ese fuego que me sobraba.
Al abrir los ojos me encontré con los suyos de cerca, y efectivamente eran tan profundos que llamaban a soñar, a suspirar. A perderse en la noche pero sin ningún miedo.
Su cabello soltaba un olor a madera, de esa q te dice q estas en casa, aunque después descubrí que era su cuello dónde había una estrella negra que irradiaba un olor similar al de mi almohada por la mañana.
Y después de eso... sus brazos se fundieron en mi cintura y me desperté.
Entonces, sólo entonces, entendí que anoche no tuve una pesadilla.
Efectivamente estaba asustada, muy asustada, por q al despertar creí q no volvería ver a aquella endemoniada figura... Entonces voltié a la puerta y su silueta estaba ahí, diciéndome en voz callada: “Maríanna... es hora, vamos ya”.
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