La casa estaba llena de puertas y yo entré por la más pequeña. Mi madre entró por la más ancha. Mi hermana Julia prefirió la más estrecha y mi padre se decantó por la más alta. Dunia, nuestra perra, accedió por la más diminuta y mi tío eligió una muy extraña, díficil de definir, que tenía una hilera de adornos y brocas en la parta superior. Era el más excéntrico. En cambio, mi abuela escogió la única que parecía normal. Al llegar todos al salón nos sentamos a la mesa y nos devolvimos una cómplice sonrisa. Más tarde salíamos juntos por la puerta de atrás.
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